- ¡Es un demonio! - la asistente le arrebajó el recien nacido a la comadrona y se precipitó a la puerta antes de que nadie pudiera decir nada.
Y así, sin que nadie alcanzara a decir nada, la puerta se abrió de golpe y un arco grisáceo le cercenó la cabeza a la muchacha.
En vez de sangre, del cuerpo brotaron sendas volutas de humo y la cabeza lejos de caer como era de esperarse, empezó a girar frenéticamente emitiendo chillidos sobrenaturales que penetraban el alma como espadas. Cuerpo y cabeza convulsionaron, se retorcieron sobre sí mismos y se achicharraron, derrumbándose los cadavéricos despojos frente a la puerta y quedando la renegrida y putrefacta calavera volteando al techo.
El crío que llevara en brazos la muchacha, le había sido arrebatado al abrirse el acceso a la casa y yacía acunado por el brazo de una figura calada en una armadura gris, y envuelto en la capa de dicho personaje.
Lord Kivay entró en la casa sin dedicar ni una mirada ni al ser que acaba de ejecutar con su guadaña marmórea ni al resto de las personas congregadas.
Tales personas jamás habían visto al señor de sus tierras, pero lo reconocieron en el acto por la atmósfera gélida y terrorífica que lo envolvía, la cual no parecía importunar en lo más mínimo al niño que cargaba. Desaparecida su arma y con total indiferencia, atravesó la estancia hasta la habitación en que la aun estaba la parturienta, su madre y la comadrona.
En su tránsito, el viejo y otro hombre observaron al príncipe, y al recién nacido intermitentemente; primero con incertidumbre y luego con terror.
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