empezó con un lunar en forma de hormiga en su brazo derecho; El intenso dolor de la mordida lo hizo odiarlas a todos esos insectos. En su odio ciego, la decapitó con las uñas y la aplastó. Con los restos embarrados en el pantalón, arrancó la cabeza roja que había quedado prendida en su piel. Pero tras unas horas aparecieron más: dos, tres... 7 9 13. hormigas abultadas y negras del tamaño de una uña en el antebrazo. las venas se convirtieron en los túneles de un hormiguero y el imperio se iba extendiendo por todo el cuerpo. Quelíceros atenazando los nervios provocaban sacudidas espasmódicas, y adormecimiento o dolor agudo. Con una navaja pinchaba y abría las pústulas en que ellas se refugiaban, las sacaba de su carne y las aplastaba con el tacón.
No soportaba las hormigas, le daba fiebre y escupía bilis por el solo hecho de verlas. Corría frenético por todas partes tratando de quitárselas de encima. Tomó un machete de la cochina y comenzó a atacarlas, pero había demasiadas. tomó el encendedor de la chimenea pero no tenía combustible. LA marcha de las hormigas era el estrépito de un verdadero ejército, retumbaba en sus oídos. Vomitó nada más que hormigas amarillas y hormigas le salían hasta por los oídos. Cada vez había más y más hormigas, hormigas por doquier, carcomiendo sus músculos y hasta los huesos para ampliar su colonia. Se hinchó tanto que su piel se amorataba, pronto comenzaría a rodar . La hormiga reina tenía el nido en su garganta. Las odiaba, tenía que acabar con ellas. Salió corriendo por la puerta del frente y se arrojó al lago. Las ahogaría. Las hormigas no le permitían mover sus extremidades, no podía nadar. Encontraron tres horas más tarde una supurenta masa reventada y séptica flotando en el lugar.
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